No me digan ustedes en dónde están mis ojos,
pregunten hacia dónde va mi corazón. Jaime Sabines

viernes, 4 de agosto de 2017

Después de una noche nefasta (Parte I)

Después de una noche nefasta, el amanecer se asomaba tan caliente como las bragas de una vieja stripper. El local no estaba demasiado lejos de mi casa. Decidí irme de allí cuando rodeado de tanta gente y solo, no tenía ya ninguna botella con quien hablar. No me interesaba nada más que sentarme en ese sofá rojo y contar estrellas bajo la lupa de una botella de whisky. Ellos ya tenían lo que querían, mujeres que parecían putas en mitad de una pista de baile. Rozar el paquete con esa horrible música, y quizás, si tendrían suerte, meter triples en la parte trasera de sus coches. Así eran sus vidas, buscar chochetes aún más usados que el de sus chicas.

Sin despedirme de nadie, crucé el puente dirección a mi asquerosa y humilde casa. La gente empezaba a levantarse, unos a desayunar, otros a trabajar, y otros como yo, en busca de la última copa. No me llevó ni quince minutos caminando, cuando encontré un bar, recién abierto, con poca gente y pequeños veladores con mesas grasientas y llenas de mierda. Me senté al lado de un hombre raro, su cara era bastante fea, arrugada y oscura. Me miraba sin pestañear, con la cabeza firme, serio. Sabía que esos ojos habían visto muchas cosas, sus pupilas lo decían y la poca blancura de su alrededor gritaban a tientas no beber más alcohol.

-Compañero -me dijo- si me invitas a una copa, te cuento los secretos de la vida.
-Usted habrá vivido mucho para saber sus secretos-le dije mientras me acomodaba a su lado y pedía dos copas-whisky, ¿verdad?
-Tú mandas, chaval. Tengo 65 años y aún se me levanta. Resisto todo lo que me echen.
-¿A qué se ha dedicado usted?
-Fui director de una revista literaria un poco particular. Duró bastante tiempo, pero quebró. Mi mujer se acostó con el poeta más importante de la revista. El hijo de puta publicaba relatos de cómo se la follaba, y créeme, si todo lo que leí era cierto, fue un chico muy afortunado.- Cogió la copa y brindó con el aire. En menos de un minuto sabía que ese feo borracho tenía muchas cosas que contar. Brindé con él.
-¿Cómo se llamaba la revista? -dije yo- He intentado por todos los medios publicar algo y nunca he tenido suerte.
-La revista… -dijo él- Se llamaba El Pene Literario y ya puedes hacerte una idea que contenido tenía. Por motivos políticos no pudimos publicar nada aquí, lo cual nos llevó a Estados Unidos donde crecimos y conocimos a grandes escritores. Fue la época de esplendor para aquellos poetas que no se mordían la lengua y decían las cosas como se tenían que decir. Lo demás me parecía pura mentira. ¿Qué escribes, chaval?
-Un poco de todo…-me escondía detrás del vaso de alcohol, siempre me daba vergüenza hablar de mí mismo, y mucho más de lo que escribía- Empecé a escribir poesía, pero un día quemé todo lo que había hecho. Me avergonzaba sangrar tanta porquería. No me sentía identificado, copiaba estilos de otros poetas y la dejé de lado, la abandoné desnuda y traviesa. Creo que aún me espera, tumbada en la cama con las piernas abiertas…
-Sigues enamorada de ella, pero no sabes que contarle-Alzó la mano, pidió dos copas más.
-Mi cabeza me pedía otras cosas…relatos, cuentos, novela. Dejé palabras simplonas y estúpidas por algo más serio.
-¿Por algo más serio? ¿Tu poesía daba risa?-Reía, cada vez más fuerte con cada gran sorbo que daba, enseñando su boca negra, sus dientes negros y amarillos, si lograbas ver alguno- Las personas cambian, chaval. Yo nunca escribí, no tengo ni tenía paciencia; pero eso no quería decir que no reconociera un buen texto. Los escritores siempre tienen algo que decir, teniendo o no teniendo un motivo. Pero, ¿sabes por qué escriben? Porque viven más de lo que dicen.

Se bebió lo mucho que le quedaba de la copa, y sin decir nada, se levantó mirándome, riéndose como un niño que esconde un secreto.

-Vámonos, chaval. Ven conmigo, te voy a enseñar uno de esos motivos…



02/08/17


Diario de un poeta en paro

viernes, 28 de julio de 2017

Para engañar a mi Soledad

Para engañar a mi Soledad,
me pruebo sus negros zapatos,
taconeo un poco por toda la casa
con pequeños pero fuertes pasos.

Escondo todos los espejos.

Cierro todas las puertas.

No quisiera verme disfrazado
como un ciego que anda a tientas.

Para engañar a mi Soledad,
me pinto los ojos y los labios.
Tal y como hace ella.

Despacio.

Me acerco al espejo
y repito con minuciosa delicadeza
los automáticos procesos
en su sexo horizontal y lunas de plata.

Obviamente,
El resultado final no es el mismo.
No es lo mismo.

Mi bigote esconde las ganas de besar
y mis pestañas fingen arañar
el viento puro de sus entrañas.

Luego,
cuando me voy quitando poco a poco
el resto de tinte corrida.
Me siento como una puta llorona.

Tan difícil eliminar el daño
como difícil quitar los restos de pintura.
Tan amarga la oscura sombra
y tan desdicha el humilde desamparo.

Es tan sencillo, tenéis que probarlo,

si sufrís, claro está, de Soledad y abandono.

jueves, 27 de julio de 2017

Fobias

Después de mi último viaje en avión, mi fobia hacia las alturas, y a todo aquello que se movía de manera incontrolable (sea por tierra, mar o aire), incrementó inesperadamente. La bajada de un simple ascensor me parecía la caída libre de cualquier parque de atracciones, o incluso, la puesta en marcha de un Audi me provocaba ese terrible miedo a no sé qué...¿a las alturas?¿a la muerte?¿velocidad? Tenía que hacer algo, y ese algo tenía que ser ya, porque septiembre volvía con su cara de hija de puta y las pasivas amenazas relucían en el ambiente:

-¿Me estás diciendo que no vas a venir conmigo a trabajar al extranjero? Bueno, pues quédate aquí. Tu sabrás...

-No, nena, te estoy diciendo que me tendré que drogar para coger un avión.

Estaba totalmente decidido: ir al médico y contar mi problema para que me recete unas pastillas de ese dulce sueño que tanto deseaba durante el trayecto (con el fin de no perder a mi actual pareja. Todo por ella). Pero mi miedo aún crecía cada vez más. Un día, entre “chochitos” y cervezas, encontré la oportunidad de compartir mis fobias con un amigo de la infancia. La idea de dormir en el avión le pareció estupenda, pero, y mientras le daba una calada a la chuchería que se había liado, me dijo:

-¿Y si el avión tiene un accidente? Tu seguirías durmiendo y no sabrías nada. Imagínate, todo el esfuerzo de las azafatas explicándote las instrucciones de seguridad, y tu durmiendo la mona. ¿Te parece bonito?

-¿Pero quién coño entiende esas instrucciones? Respondí yo.

Sin embargo, mi amigo tenía razón, no podía permitir una muerte así tan placentera: Me imagino cayendo en picado hacia nuestro destino, todo mi alrededor gritando y llorando, intentando alcanzar la máscara o la bomba de oxigeno, mientras que yo, ignorante de todo aquello, acurrucado en mi asiento, muestro mis pocos y dulces dientes, inconsciente del pequeño hilito de baba que se deslizaría por la barbilla. Que bonita estampa.

-Tengo la solución, compadre. Me dijo, mientras se liaba otro cigarrillo. En mi asosiación venden todo tipo de pastillas. Podríamos comentarle el problema a un colega, y quizás tenga algo que ofrecerte. ¿Qué me dices?

Al día siguiente, sin quererlo ni beberlo, me encontraba entregando mi tarjeta de identidad para poder entrar en la asosiación. Buscaba a mi alrededor el nombre del club, pero el local estaba repleto de fotos de mujeres desnudas: unas sentadas en motos antiguas, otras tumbadas en camas rodeadas de plantas de mariahuana. Tengo que decir que tenían un horrible gusto para decorar ese pequeño antro, pero al menos, las mujeres eran bastante guapas. Estaba todo bien iluminado con lámparas de cocina, y perfectamente organizado: una barra de bar para servir las bebidas a la derecha, en medio una mesa de billar, y a la izquierda una mesa grande ocupada por muchos tappers, cada una con su pequeña placa identificatoria. Mi amigo entró como si estuviera en su casa, saludando a todos con jugadas de mano algo complicadas (llegué a escuchar, incluso, un crujir de dedos). Un colega de esos se me acercó:

-¿ehte quié né? Preguntó.

-Es el colega del que os hablé. Dijo mi amigo. Viene a por “consejos medicinales”.

Todos empezaron a reir. Menos yo.

-Ehte é er tonto de lah alturah y de loh avioneh...

Todos empezaron a reir. Menos yo.

-Necesitaría algo que me hiciera olvidar mis miedos; y que el efecto durase mas de dos horas. No quisiera pasar el control y que todos viesen la sorpresa dentro de la maleta.

-Pueh...tengo aquí lo que nezezitas, compadre. El amigo del amigo de mi amigo se levantó sin ninguna prisa, reordenando todas las cajas transparentes que había encima de la larga mesa. Parecía que buscaba una en concreto. Luego me di cuenta que no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo. ¿A que tieneh mieo, compadre?

-Mi último viaje no fue muy bonito, que digamos, y desde entonces no soporto las subidas, bajadas, la velocidad. Tengo miedo a...

-¿Peo poh cohones tieneh que cogé un avión? ¡Vete en barco!

-Me da miedo el agua, no sé nadar.

Todos empezaron a reir. Menos yo.

-¡Pillate un coche!

-No tengo carnet.

-¿Peo de onde ha salío ehte nota?

Todos empezaron a reir. Menos yo.

-Venga, colega, que no tengo todo el día. Protesté. Otro colega se me acercó. Este parecía aún más gilipollas.

-Vale, vale. Tengo una hierba que te hará olvidar todos tus males. Se llama “la flor de Bach”. Su efecto dura bastante. No creo que tengas ningún problema.

-¿De dónde lo has sacado? Pregunté mientras cogía una pequeña bolsa transparente. La hierba era bastante oscura pero su olor era dulce.

-Es dificil de encontrar, pero precisamente ésta viene de mi calle. Mi vecino tiene una plantación en su azotea. Según él, proviene de India.

-¿Cuánto pides por ella?

-Voy a ser buena persona, porque eres amigo de mi colega. Para ti, unos cincuenta euros. Hago una excepción.

-¿Cincuenta euros? ¿Cómo es posible que me cueste más una puta hierba que un billete de avión?

-Eh, chaval, no eres socio. Para los socios son diez euros cada bolsita.

-¿Y cuánto cuesta ser socio?

-Para los no-socios, cincuenta euros.

-!Hijo de la gran puta¡

No podía permitir que una persona así me pudiera tomar el pelo con tanto descaro. Salté por encima de la gran mesa, los tappers volaron y las bolsas se rompieron con el peso de mi cuerpo. Le solté una directa que me supo a gloria. Crujió algo en su cara, pero yo seguía. Ahora vino un derechazo en toda la ceja izquierda. Se abrió una brecha, pero yo seguía. El olor a sangre se mezclaba con las flores del vecino del colega. Me gustaba ese olor y sentía que surjía un gran efecto, incluso antes de consumirlas. Con cada golpe, me sentía más seguro, más fuerte y más hijo de puta. Al quinto o sexto golpe, mi amigo me separó. Intentaba salvarme de aquel club de floristas y jardineros, y mientras abríamos la puerta, pude escuchar los balbuceos de mi camello ensangrentado:

-Flo...res...de...Bach, Flo...res...de...Bach...



28, 07, 2017

Diario de un poeta en paro


miércoles, 23 de noviembre de 2016

El truco

El truco de las tardes de lluvia,
Reside en comerte las horas,
Como si fueran dulces,
Como si fueran besos.
Y luego, al llegar la noche,
Solo queda vomitar
La paciencia usada,
Los segundos perdidos,
Cargados de letras y de números,
Y tras haber vomitado todo,
Hasta la última gota mojada
De tu espejo,
Ahoga en el vaso la lágrima,
Nada en el océano de mentiras,
Canta esa canción no aprendida.
Haz lo que quieras.
Haz lo que plazcas.
Siempre terminaremos
Como siempre,
Manchando cada cristal,
Vomitando espejos
En cada tarde de lluvia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Pasará el tiempo

Pasará el tiempo,
Y las mismas calles
Se convertirán en las mismas.
Las de ayer, las de antes,
Las de siempre.
Pero siempre seremos así.
Que no nos quiten nuestra vena,
Por donde caminamos, por donde
La sangre mancha dejando una huella
Incolora.
Que nadie nos quite la nostalgia,
El sabor a nada del recuerdo.
Que nadie nos prohíba beber
Tardes de almendras y de rutina a secas,
Ignorantes de pájaros libres en el cielo.

domingo, 31 de julio de 2016

Club de los músicos olvidados

Tuvo que ser aquella noche cuando las malditas estrellas cayeron, la debilidad del ser humano (el dinero, lo sucio, el sexo, lo villano) corrompía el honesto motivo de mierda que yo tenía para demostrar mis virtudes como hombre. Aquella fue la noche para sustituir el saxo por una copa, por dos, por tres y hasta seis copas de whisky después del concierto. El club estaba completo, se colgó el cartel de aforo completo en la misma tarde. Estaba acostumbrado a tocar para tanta gente, pero decidí que me ayudaría más un buen lingotazo del peor vino que tenía en casa. Salí al ensayo firme, aunque mis piernas se tambaleaban, mis manos se sentían libres para tocar aquel instrumento que, a veces, se convertía en mi propio miembro. La usaba más que a mi propia polla, y aquella noche mi segunda polla fue olvidada en el camerino.

Me coloqué la chaqueta, exitoso por el público, asfixiado por fotos y firmas, abrí la puerta trasera del local como pude y vagaba como un muerto renacido por la oscura calle mojada y fría. Me palpé los bolsillos y me encendí el cigarro de la gloria y fortuna, dispuesto a fumármelo hasta la última calada, hasta que mis dedos se quemaran y se calentasen entre lo helado y lleno de sombras. El mechero alumbraba la máscara de mierda que tenía como cara, los ojos caídos de fracaso, la nariz de boxeador y esa boca tan poco usada, que parecía que no había comido ningún coño en condiciones. Ese era yo, el saxofonista que la gente pagaba para ver cómo se drogaba entre canción y canción, y cómo dejaba de tocar para limpiar su saxo lleno de vómito. Ellos no querían mi música. Ellos querían espectáculo.

Pero me faltaba algo entre las manos, bajo el brazo, el peso de mi vida que soplaban mis labios. Se me olvidó en el camerino lo único que no me hacía sentir como uno más de los mortales, aquel aire que de mí siempre salía y daba la bienvenida a un nuevo cielo. Di la media vuelta. No caminé mucho, mis pasos siempre fueron lentos. La puerta trasera del local aún estaba abierta. Acostumbrado a la oscuridad, sonámbulo subí las escaleras. Doce escalones me separaban entre ella y yo. Doce putos escalones. La puerta casi abierta, iluminó el cigarro apagado que aún mi mano sostenía. Dentro se escuchaban gemidos. Pensé que algún cabrón se lo estaría montando con alguna putita. Abrí la puerta con decisión, dispuesto a ver alguna teta. Entré. Jimmy, el baterista, era el capullo que gemía. Tenía toda la cara ensangrentada, lloraba y lloraba y se ahogaba con su propia sangre.

-¡Qué coño ha pasado!- Dije yo.

La puerta se cerró de un portazo. Un hombre, con zapatos relucientes y un buen traje de lino, me apuntaba con una Colt 45.

-He venido aquí a por él-dijo él- Pero ya que has venido, tendré que hacer trabajo doble.
-En verdad he venido a por ella- Dije yo, indicándole dónde estaba el instrumento, debajo de la cabeza sangrienta de Jimmy.
-Tú eres el saxofonista, ¿verdad? No te importa mucho tu compañero, eh colega.
-Realmente es un capullo. Todo lo que vayas a hacerle se lo merece. ¿Qué ha hecho?
-Se acostó con la hija del jefe.
-¿Y cómo se supo?
-La hija se levantó un día con la boca y el pómulo un poco quemado.
-Apuntó demasiado alto, eh.
-Si…demasiado alto diría yo-dijo él-Escúchame, hagamos un trato. No quiero trabajar hasta tarde, y matarte no me lo paga nadie. ¿Quieres hacer el trabajo por mí? Te pagaría el doble, y mi jefe tendrá una buena reputación al saber que un músico está en nuestras filas. Me caes bien, chaval. Y es una pena que esto termine así.
-¿Me estás diciendo que mate a mi compañero de la banda?
-¡No lo hagas!-Gritaba Jimmy-¡Serás un hijo de perra!
-O él, o los dos-Dijo el mafioso repeinado, cargando la pistola y acercándomela-Tú decides.

La cogí como quien coge un juguete. Era tan bonita y tan simple. Recuerdo que toda ella olía a pólvora, a muerte. Negra en todas sus partes.

-Solo tengo que apretar el gatillo y ya está…
-Hazlo ya y nos largamos de aquí.
Jimmy seguía agonizando con su propia sangre. Olía a orina y a mierda. Era un ser despreciable.
-Venga, joder-dijo el repeinado-No tengo toda la noche.

Preparé el arma, y apunté directamente a la cabeza de mi compañero.

-Espero que lo comprendas, amigo- Dije- algunos tienen que morir, para que otros puedan seguir adelante. Bienvenido al club de los músicos olvidados…

martes, 26 de julio de 2016

Llegué a casa...

Llegué a casa con aquella sensación de no saber estar. Los zapatos embarrados en una mano. (¡Puta mierda! Costaban una fortuna). En la otra, llevaba la imaginaria botella de whisky, esa que llevaba bebiendo toda la noche, antes y justo después del concierto. Recuerdo que ese licor de mis dedos fue lo mejor que había probado en mi vida. Cada sorbo largo quemaba la garganta de la conciencia. 

Era obvio que las notas musicales de aquel “Mozart” se disiparon con cada melodía nueva que se pudo escuchar en aquel pub al que fuimos. Lo reconozco, no hay una cosa que me ponga más cachonda que una copa y una pista para mover mi hermoso culo. Lo reconocía, no era como las demás, sabía perfectamente lo que quería en mi vida: No quería ser una mujer convencional, de aquellas que conocí en la Universidad. Catetas de pueblo encerradas en su propio pueblo, con su novio de su pueblo y loca por encontrar un trabajo en su pueblo. Yo quería conocer mundo y por este motivo me encontraba aquí, en la ciudad eterna, en el mundo externo de la gran belleza.

La cocina me parecía limpia, con la oscuridad no distinguía la pila de platos sucios, amontonados en el fregadero y en la mesa del comedor. ¿Pero qué coño ha pasado aquí? No llegué a tiempo para encender la luz cuando él iluminó por tres segundos el asqueroso comedor. El chasquido de su mechero reflejaba su completa y desnuda totalidad.

-No sabía que llegarías tan pronto.
-Para encontrarme con esto-Indicando con mis manos todo el desorden de mi alrededor, también su miembro erecto- Hubiera preferido no llegar nunca.
-Hemos organizado una pequeña fiesta-Dijo él abriendo una lata de cerveza-Aún seguimos…
-¿Y dónde es la fiesta?
-En mi cuarto.

Aunque era joven para estas pequeñas cosas que la vida me facilitaba con los brazos abiertos, tenía el don de dividir y colocar cada situación en la categoría porno o no porno. Aún recuerdo la primera película erótica que vi, con mi prima, tapándonos la boca para no despertar a nadie. Su polla desaparecía a su antojo en la boca de aquella rubia, teñida que luego descubrí cuando el calvo lamía sus genitales con tanto placer como yo chupo mi helado favorito: Pistacho.

-Estoy borracha, pero no lo suficiente para hacer tonterías con tu chica y contigo.
-No es mi chica, y tú la conoces.

Desde que llegué a esta ciudad, había conocido a muchas mujeres, pero mi seguridad recaía en que esa mujer no tuvo que trasladarse muy lejos para echar un polvo. Era ella, la primera que me recibió al abrir la puerta de este apartamento.  Abrí el frigo, cogí una cerveza.

-Siempre te ha gustado su chochito-Dije-La miras con otros ojos. Es como si quisieras desnudarla a todas horas.

-Querida, el hombre necesita desnudar a la mujer. No sirve para otra cosa que para amarla. Yo creo que nací para ello, ¿no crees? Es como tocar mi saxo. Parece que mis manos fueron creadas a partir del molde del instrumento, y a partir de ahí, la unión surge y se convierte inseparable. No sabes que orgullo tenemos los hombres al crear música con nuestras manos, y que el sonido salga de la boca de la mujer…