No me digan ustedes en dónde están mis ojos,
pregunten hacia dónde va mi corazón. Jaime Sabines

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El truco

El truco de las tardes de lluvia,
Reside en comerte las horas,
Como si fueran dulces,
Como si fueran besos.
Y luego, al llegar la noche,
Solo queda vomitar
La paciencia usada,
Los segundos perdidos,
Cargados de letras y de números,
Y tras haber vomitado todo,
Hasta la última gota mojada
De tu espejo,
Ahoga en el vaso la lágrima,
Nada en el océano de mentiras,
Canta esa canción no aprendida.
Haz lo que quieras.
Haz lo que plazcas.
Siempre terminaremos
Como siempre,
Manchando cada cristal,
Vomitando espejos
En cada tarde de lluvia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Pasará el tiempo

Pasará el tiempo,
Y las mismas calles
Se convertirán en las mismas.
Las de ayer, las de antes,
Las de siempre.
Pero siempre seremos así.
Que no nos quiten nuestra vena,
Por donde caminamos, por donde
La sangre mancha dejando una huella
Incolora.
Que nadie nos quite la nostalgia,
El sabor a nada del recuerdo.
Que nadie nos prohíba beber
Tardes de almendras y de rutina a secas,
Ignorantes de pájaros libres en el cielo.

domingo, 31 de julio de 2016

Club de los músicos olvidados

Tuvo que ser aquella noche cuando las malditas estrellas cayeron, la debilidad del ser humano (el dinero, lo sucio, el sexo, lo villano) corrompía el honesto motivo de mierda que yo tenía para demostrar mis virtudes como hombre. Aquella fue la noche para sustituir el saxo por una copa, por dos, por tres y hasta seis copas de whisky después del concierto. El club estaba completo, se colgó el cartel de aforo completo en la misma tarde. Estaba acostumbrado a tocar para tanta gente, pero decidí que me ayudaría más un buen lingotazo del peor vino que tenía en casa. Salí al ensayo firme, aunque mis piernas se tambaleaban, mis manos se sentían libres para tocar aquel instrumento que, a veces, se convertía en mi propio miembro. La usaba más que a mi propia polla, y aquella noche mi segunda polla fue olvidada en el camerino.

Me coloqué la chaqueta, exitoso por el público, asfixiado por fotos y firmas, abrí la puerta trasera del local como pude y vagaba como un muerto renacido por la oscura calle mojada y fría. Me palpé los bolsillos y me encendí el cigarro de la gloria y fortuna, dispuesto a fumármelo hasta la última calada, hasta que mis dedos se quemaran y se calentasen entre lo helado y lleno de sombras. El mechero alumbraba la máscara de mierda que tenía como cara, los ojos caídos de fracaso, la nariz de boxeador y esa boca tan poco usada, que parecía que no había comido ningún coño en condiciones. Ese era yo, el saxofonista que la gente pagaba para ver cómo se drogaba entre canción y canción, y cómo dejaba de tocar para limpiar su saxo lleno de vómito. Ellos no querían mi música. Ellos querían espectáculo.

Pero me faltaba algo entre las manos, bajo el brazo, el peso de mi vida que soplaban mis labios. Se me olvidó en el camerino lo único que no me hacía sentir como uno más de los mortales, aquel aire que de mí siempre salía y daba la bienvenida a un nuevo cielo. Di la media vuelta. No caminé mucho, mis pasos siempre fueron lentos. La puerta trasera del local aún estaba abierta. Acostumbrado a la oscuridad, sonámbulo subí las escaleras. Doce escalones me separaban entre ella y yo. Doce putos escalones. La puerta casi abierta, iluminó el cigarro apagado que aún mi mano sostenía. Dentro se escuchaban gemidos. Pensé que algún cabrón se lo estaría montando con alguna putita. Abrí la puerta con decisión, dispuesto a ver alguna teta. Entré. Jimmy, el baterista, era el capullo que gemía. Tenía toda la cara ensangrentada, lloraba y lloraba y se ahogaba con su propia sangre.

-¡Qué coño ha pasado!- Dije yo.

La puerta se cerró de un portazo. Un hombre, con zapatos relucientes y un buen traje de lino, me apuntaba con una Colt 45.

-He venido aquí a por él-dijo él- Pero ya que has venido, tendré que hacer trabajo doble.
-En verdad he venido a por ella- Dije yo, indicándole dónde estaba el instrumento, debajo de la cabeza sangrienta de Jimmy.
-Tú eres el saxofonista, ¿verdad? No te importa mucho tu compañero, eh colega.
-Realmente es un capullo. Todo lo que vayas a hacerle se lo merece. ¿Qué ha hecho?
-Se acostó con la hija del jefe.
-¿Y cómo se supo?
-La hija se levantó un día con la boca y el pómulo un poco quemado.
-Apuntó demasiado alto, eh.
-Si…demasiado alto diría yo-dijo él-Escúchame, hagamos un trato. No quiero trabajar hasta tarde, y matarte no me lo paga nadie. ¿Quieres hacer el trabajo por mí? Te pagaría el doble, y mi jefe tendrá una buena reputación al saber que un músico está en nuestras filas. Me caes bien, chaval. Y es una pena que esto termine así.
-¿Me estás diciendo que mate a mi compañero de la banda?
-¡No lo hagas!-Gritaba Jimmy-¡Serás un hijo de perra!
-O él, o los dos-Dijo el mafioso repeinado, cargando la pistola y acercándomela-Tú decides.

La cogí como quien coge un juguete. Era tan bonita y tan simple. Recuerdo que toda ella olía a pólvora, a muerte. Negra en todas sus partes.

-Solo tengo que apretar el gatillo y ya está…
-Hazlo ya y nos largamos de aquí.
Jimmy seguía agonizando con su propia sangre. Olía a orina y a mierda. Era un ser despreciable.
-Venga, joder-dijo el repeinado-No tengo toda la noche.

Preparé el arma, y apunté directamente a la cabeza de mi compañero.

-Espero que lo comprendas, amigo- Dije- algunos tienen que morir, para que otros puedan seguir adelante. Bienvenido al club de los músicos olvidados…

martes, 26 de julio de 2016

Llegué a casa...

Llegué a casa con aquella sensación de no saber estar. Los zapatos embarrados en una mano. (¡Puta mierda! Costaban una fortuna). En la otra, llevaba la imaginaria botella de whisky, esa que llevaba bebiendo toda la noche, antes y justo después del concierto. Recuerdo que ese licor de mis dedos fue lo mejor que había probado en mi vida. Cada sorbo largo quemaba la garganta de la conciencia. 

Era obvio que las notas musicales de aquel “Mozart” se disiparon con cada melodía nueva que se pudo escuchar en aquel pub al que fuimos. Lo reconozco, no hay una cosa que me ponga más cachonda que una copa y una pista para mover mi hermoso culo. Lo reconocía, no era como las demás, sabía perfectamente lo que quería en mi vida: No quería ser una mujer convencional, de aquellas que conocí en la Universidad. Catetas de pueblo encerradas en su propio pueblo, con su novio de su pueblo y loca por encontrar un trabajo en su pueblo. Yo quería conocer mundo y por este motivo me encontraba aquí, en la ciudad eterna, en el mundo externo de la gran belleza.

La cocina me parecía limpia, con la oscuridad no distinguía la pila de platos sucios, amontonados en el fregadero y en la mesa del comedor. ¿Pero qué coño ha pasado aquí? No llegué a tiempo para encender la luz cuando él iluminó por tres segundos el asqueroso comedor. El chasquido de su mechero reflejaba su completa y desnuda totalidad.

-No sabía que llegarías tan pronto.
-Para encontrarme con esto-Indicando con mis manos todo el desorden de mi alrededor, también su miembro erecto- Hubiera preferido no llegar nunca.
-Hemos organizado una pequeña fiesta-Dijo él abriendo una lata de cerveza-Aún seguimos…
-¿Y dónde es la fiesta?
-En mi cuarto.

Aunque era joven para estas pequeñas cosas que la vida me facilitaba con los brazos abiertos, tenía el don de dividir y colocar cada situación en la categoría porno o no porno. Aún recuerdo la primera película erótica que vi, con mi prima, tapándonos la boca para no despertar a nadie. Su polla desaparecía a su antojo en la boca de aquella rubia, teñida que luego descubrí cuando el calvo lamía sus genitales con tanto placer como yo chupo mi helado favorito: Pistacho.

-Estoy borracha, pero no lo suficiente para hacer tonterías con tu chica y contigo.
-No es mi chica, y tú la conoces.

Desde que llegué a esta ciudad, había conocido a muchas mujeres, pero mi seguridad recaía en que esa mujer no tuvo que trasladarse muy lejos para echar un polvo. Era ella, la primera que me recibió al abrir la puerta de este apartamento.  Abrí el frigo, cogí una cerveza.

-Siempre te ha gustado su chochito-Dije-La miras con otros ojos. Es como si quisieras desnudarla a todas horas.

-Querida, el hombre necesita desnudar a la mujer. No sirve para otra cosa que para amarla. Yo creo que nací para ello, ¿no crees? Es como tocar mi saxo. Parece que mis manos fueron creadas a partir del molde del instrumento, y a partir de ahí, la unión surge y se convierte inseparable. No sabes que orgullo tenemos los hombres al crear música con nuestras manos, y que el sonido salga de la boca de la mujer…

viernes, 20 de mayo de 2016

Poema de...

Ella dice que ya no le escribo.
Que mis poemas de amor ya no son de amor.
Que ya no es mi musa, y que me ve un tanto esquivo
Cada vez que me habla de mis poemas de no amor.

Ella dice que deje esa mala poesía. Que deje las putas,
El sexo y el alcohol.
Dice que no conozco ni la mitad de lo que escribo.
Que deje de leer a (poetas) rancios. Que aprenda de otros.
Que me busque a otro mentor.

Pero ella sabe, y a veces hasta con razón,
Que me enfado si no tengo mi porción de tarta
Para manchar sus piernas. Que quisiera desayunar
Desnudo la humilde leche manchada en sus pechos,
La carne rosada debajo del ático. Para verla así,
Desnuda ella y yo sediento. Y cenar, y beber,
Y enfermarme de la vida que se pierde
Y que tenemos como tiempo.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Mi ojo seco

Mi ojo seco tiene ganas de una lágrima.

El patio iluminan las ventanas,
Y el gato maúlla la lágrima seca.
Huele a pescado, carne muerta
De hilos sin futuro, hilos de mierda.

El perro cabrón,
Que tiene ganas de follar.
Su lengua el seco ojo moja,
Su saliva finge la lágrima rota.

Y mi ojo seco, sonámbulo al andar,
Sigue sin futuro,

Y con ganas de llorar.

viernes, 10 de abril de 2015

Ponme otra, cariño

El alcohol giraba alrededor del hielo. El vaso de cristal, pequeño para sus manos, disminuía aquella sensación de fracaso, de mortalidad. Sus ojos caían en el interior del vidrio, hipnotizados por el color claro y pegajoso de aquella bebida secreta. ¿De dónde habrán sacado esta mierda? Se preguntaba en cada sufrido y aliviado sorbo. Su inglés, para qué engañarnos, no era lo bastante bueno, tenía grandes dificultades para mantener una conversación con todos sus compañeros; incluso con aquellos que hablaban su misma lengua. Era un hombre reservado, extraño, sumergido siempre en sus propios hechos, en su propia vida. Todo lo resolvía con un pequeño gesto señalando con el índice la pequeña y asquerosa copa. Sus manos hablaban: Ponme otra, cariño.

La camarera, ya acostumbrada a sus ademanes, sacaba sin preocupación otra botella verde, sin nombre y sucia, para complacer el placer de su cliente. Él se dio cuenta que, entre vaso y vaso, sacaba a relucir sus pechos rancios. Era una puta. Una puta vieja barata. ¿Qué hace un hombre como usted en este barrio y a estas horas? Él no le contestó. Se limitó a observar el pequeño antro donde se había metido. El espejo de la barra, detrás de la camarera, era lo bastante grande y largo para contemplar lo que quería ver. El pequeño grupo, al fondo, mal vestidos, se limitaban a fingir grandes conocimientos de Jazz y de Blues que en aquel momento se podía escuchar en la radio del local. Imitaban los grandes gestos de grandes saxofonistas, inventaban historias de amistades con artistas, e insultaban todo aquel que tuviera un color de piel distinto al suyo. Pero no solo ellos fingían; las mujeres que rodeaban el sofá, abrían la boca y los ojos asombradas por esos cuentos estúpidos, al mismo tiempo que sus manos se perdían por la entrepierna, no pensando en aquel miembro que se encontrarían, sino qué hacer luego con el dinero que obtendría después de un trabajo bien hecho.

Esta vez, el nuevo vaso estaba aún más sucio, con pequeñas huellas rojas al borde. Si no fuera por el sabor, pensaría que es orina. La voz, en cada gesto de su boca, de su lengua y en cada vez que ese líquido resbalaba por su garganta, bajaba aún más el tono de su propia conversación. La veía a ella, desnuda en su cama, atada y abierta, con su sexo ensangrentado, los ojos desencajados, la boca abierta y torcida. Necesitaba olvidar. Así no era ella. No. El ruido del local distorsionaba los recuerdos; a veces, en el mismo fondo del vidrio pegajoso, la veía paseando por la orilla con su camisa fina; ella era pura, sencilla y bella. Los besos eran más fuertes que el sonido de las olas. Su sonrisa más clara que la arena. Pero otra vez, lo poco que le quedaba de alcohol giraba alrededor del hielo. Seguía mirando por el espejo. Sus ojos cayeron en sus propios ojos. Creció su sensación de fracaso. Se sintió como uno más de los mortales.

Su mano de nuevo habló: Ponme otra, cariño.