No me digan ustedes en dónde están mis ojos,
pregunten hacia dónde va mi corazón. Jaime Sabines

viernes, 10 de abril de 2015

Ponme otra, cariño

El alcohol giraba alrededor del hielo. El vaso de cristal, pequeño para sus manos, disminuía aquella sensación de fracaso, de mortalidad. Sus ojos caían en el interior del vidrio, hipnotizados por el color claro y pegajoso de aquella bebida secreta. ¿De dónde habrán sacado esta mierda? Se preguntaba en cada sufrido y aliviado sorbo. Su inglés, para qué engañarnos, no era lo bastante bueno, tenía grandes dificultades para mantener una conversación con todos sus compañeros; incluso con aquellos que hablaban su misma lengua. Era un hombre reservado, extraño, sumergido siempre en sus propios hechos, en su propia vida. Todo lo resolvía con un pequeño gesto señalando con el índice la pequeña y asquerosa copa. Sus manos hablaban: Ponme otra, cariño.

La camarera, ya acostumbrada a sus ademanes, sacaba sin preocupación otra botella verde, sin nombre y sucia, para complacer el placer de su cliente. Él se dio cuenta que, entre vaso y vaso, sacaba a relucir sus pechos rancios. Era una puta. Una puta vieja barata. ¿Qué hace un hombre como usted en este barrio y a estas horas? Él no le contestó. Se limitó a observar el pequeño antro donde se había metido. El espejo de la barra, detrás de la camarera, era lo bastante grande y largo para contemplar lo que quería ver. El pequeño grupo, al fondo, mal vestidos, se limitaban a fingir grandes conocimientos de Jazz y de Blues que en aquel momento se podía escuchar en la radio del local. Imitaban los grandes gestos de grandes saxofonistas, inventaban historias de amistades con artistas, e insultaban todo aquel que tuviera un color de piel distinto al suyo. Pero no solo ellos fingían; las mujeres que rodeaban el sofá, abrían la boca y los ojos asombradas por esos cuentos estúpidos, al mismo tiempo que sus manos se perdían por la entrepierna, no pensando en aquel miembro que se encontrarían, sino qué hacer luego con el dinero que obtendría después de un trabajo bien hecho.

Esta vez, el nuevo vaso estaba aún más sucio, con pequeñas huellas rojas al borde. Si no fuera por el sabor, pensaría que es orina. La voz, en cada gesto de su boca, de su lengua y en cada vez que ese líquido resbalaba por su garganta, bajaba aún más el tono de su propia conversación. La veía a ella, desnuda en su cama, atada y abierta, con su sexo ensangrentado, los ojos desencajados, la boca abierta y torcida. Necesitaba olvidar. Así no era ella. No. El ruido del local distorsionaba los recuerdos; a veces, en el mismo fondo del vidrio pegajoso, la veía paseando por la orilla con su camisa fina; ella era pura, sencilla y bella. Los besos eran más fuertes que el sonido de las olas. Su sonrisa más clara que la arena. Pero otra vez, lo poco que le quedaba de alcohol giraba alrededor del hielo. Seguía mirando por el espejo. Sus ojos cayeron en sus propios ojos. Creció su sensación de fracaso. Se sintió como uno más de los mortales.

Su mano de nuevo habló: Ponme otra, cariño.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Dentista


Catalina, amor, abre tu pequeña boca.
Sabes que necesitas una limpieza.
Que no. Que no quiero lloriqueos.
Que no basta el cepillo rutinario.
Dice, y hazle caso Catalina,
Que aunque tus dientes estén blancos,
Necesitas un blanqueamiento de palabras.
¡Ay, como tiene la boca esta niña!
 
Doctor, haz con ella lo que quiera,
Que yo ya no puedo con ella.
¡Pero mira que boca!
¡Pero mira que dientes!
¿Ves aquella muela? ¿Ves estas paletas?
Empaste. Empaste. Y empaste.
 
Venga. Por favor. Catalina. Ábrela.
Que el dentista necesita blanquear
De palabras que fumaste amarillos dientes
Y blancos por no beber de nada amor.
 
Venga, querida, ábrelos.
Enseña ya tu lengua de serpiente.
 

domingo, 17 de agosto de 2014

Tiempo inaccesible


Dentro de unos días.
Dentro de unas horas. De unos minutos.
Mi equipaje se llenará de tiempo.
Tiempo inaccesible para otros,
Sólo mío en mi existencia
Y sólo vuestro en vuestra ausencia.

Faltáis y tenéis mi tiempo.
Con aullidos, lamentos y recuerdos.
Me tenéis cerca,
A escasos  respiro metros
Muy lejos de vuestros cuerpos.

¿No notáis la escasa penumbra
Del ojo triste, caído y vago?
¿Del futuro desamparo e infortunio,
De la caída piel y vieja?

¿No notáis el tiempo efímero y embustero?

Bendito aquel recién nacido
Ignorante del poco tiempo que siempre queda.

miércoles, 23 de julio de 2014

Víbora

Eres tú, esa serpiente
De lengua roja manzana
                               [que
Sobrevive con mi cuerpo
(Y me come tiernamente).
Vomitas toda mi cara,
Escupes todo mi pecho.
Dulce de corazón ardiente
¡Tú me comes y no tragas!
Mi cuerpo se une poco a
Poco, buscándote al
Roto lugar de tu presa.
Soy yo, esa presa mirada
De lengua verde manzana
                                  [que
Sobrevive con tu cuerpo
(Y te quita lentamente el alma).

domingo, 29 de junio de 2014

Érase una mujer

Érase una mujer, reina del Imperio Sueños, que se enamoró de aquel hombre que luchaba en su nombre y honor allá por el sur, entre bosques de pinos y tierra negra. Su cuerpo esbelto, rubio y ojos claros no fue sino para ella la figura del perfecto amor; quiero conocerle, repetía ella. Sin embargo, todas las noches, bajo la luz clara de un pobre corazón, hablaba a solas con la luna: Yo soy la Reina de Sueños, no puedo casarme con un asesino, con un caballero de baja estirpe. Pero esas palabras volaban conforme llegaba el día y la hora de conocer a ese gran hombre que tantas batallas ganó con tan solo su presencia, porque se decía por todo el Reino, que su espada era más grande que su propia estatura, y que la manejaba con tan simpleza y rapidez que dejaba mancos o sin cabeza todo aquel que se entrometiera en su camino.
Y llegó el ansiado día, cuando aquellos ingeniosos ojos claros traspasaron el umbral de su enorme puerta.
-He aquí, mi señora -dijo él- la cabeza del último rey del sur.
La reina suspiraba de placer y excitación, no ya por conocer al hombre de sus sueños, sino al pensar qué podrían hacer esas manos que sujetaban los escasos cabellos largos de la cara velluda y degollada del último rey del sur, no en el campo espeso de la batalla, sino en su cuerpo blanco jazmín entre la delicada seda. Y en un arrebato de locura, gritó desde lo más alto de su brumosa torre, pudiendo casi tocar a escasos metros el sol, éste será vuestro rey, arrodillaos ante a él. Todo el pueblo, sumiso y pobre, hincaba lentamente las rodillas cada vez que la enamorada con su caballero fiel paseaba por todo el reino. Éste es tu reino, amor, haz con él lo que quieras. Y a pesar de sus fieros gemidos que sobrevolaban todas las noches desde su gran balcón de piedra, el pueblo lloraba su desatino. Ella no es feliz, decían, ella tiene miedo. Pasaban los días, las noches de amor, incluso los meses, y en ella crecía el miedo del abandono.
-¿Me vas a dejar de querer?-Ella decía mientras se desnudaba para él todas las noches-¿Me quieres? ¿Cuánto me quieres?
-He luchado por ti-respondía él- Lo sois todo para mí. Mi señora, sois mi Reina.
Sin embargo, ante las palabras fieles de su caballero, ella se convirtió poco a poco en la sombra de su propio Reino. Y mientras que marchaba al norte para luchar, ella se aferraba en sus noches, pensando que él la amaba, que no estaría ahora con otra mujer, que sólo pensaba en ella, que era el rey de Sueños, que era suyo y para nadie más, que sus palabras eran reales, que no mentía. Quería creer en él, y a veces pudo creerle. Pero el pueblo, lentamente, se deshacía entre las enfermedades que consigo traía la guerra; los niños morían de hambre y la gente robaba para sobrevivir. El rey ha muerto, decían, el rey cayó en la batalla. Pero la reina seguía escondida en su alcoba nostálgica de un tiempo mejor. Él me quiere, no dejará de amarme, no está con otra mujer, él piensa en mí. El rey ha muerto, decían, murió prisionero y degollado. La reina caía en su propia desgracia, el reino del norte con sus lanzas y espadas se preparaba para el gran asalto a las grandes puertas del Reino Sueños. Sus catapultas hacían volar cabezas, cayendo algunos en su gran balcón de piedra, y otros, como por capricho del destino, en sus propios hogares. El pueblo, ante este asedio incomprendido y no luchado por la reina, se reivindicaba junto a las puertas de oro de su palacio. Lucha por tu pueblo, decían, muere como una Reina. A pesar de sus esfuerzos, la Reina seguía, ajena a la guerra, pensando en el amor de su caballero. Hasta que, en un intento por un pueblo desesperado por defender la puerta, la esperanza apareció al sur del reino, cuando el Rey de Sueños, esbelto y rubio, dirigía cabalgando su caballo negro un ejército de diez mil hombres. El rey está vivo, decían, viene para salvarnos. La ofensiva paralela del Rey fue mortal para el norte. Todos murieron o cayeron como prisioneros y esclavos, perdonándoles la vida con el fin de que se unieran al Reinado. La Reina despertó de su letargo, al ver, como su Rey entraba victorioso por entre las grandes puertas. Me ha salvado, él me quiere, no me ha abandonado.
Los días renacieron como cuando crece el mundo en la primavera. El jazmín floreció de nuevo en la gran torre del Reino y el dolor poco a poco desaparecía, pero la sombra de ella, fingiendo ser la luz del pueblo, seguía siendo alimentada por oscuros pensamientos de abandono. Viva el Rey, decían, viva el Reino de Sueños. Y otra vez, desde el gran balcón de piedra, los gemidos volaban entre la delicada seda de su blanca alcoba. Ellos se quieren, decían, ella ha vuelto a enamorarse. Hasta que un día, ella huyó, encontrándose al Rey de Sueños desnudo y degollado en su propio lecho, alimentando así su corazón falso y enfermizo del fantasma que un día fuera Reina.
-¿Me quieres ahora?-Dicen que dijo-¿Cuánto me quieres?
-He luchado por ti-Dicen que dijo-Lo sois todo para mí. Mi señora, sois mi Reina.



 

sábado, 24 de mayo de 2014

Para aquellos

Vago es el abrazo anhelo,
Ajeno al brazo y espalda.
Apenas las manos pero
Tocan la cara amarga.

Aquellos de traicionero
Semblante y azul abrazo.
Corazón de carcelero,
Falso amor en su regazo.

Y no más puedo reír
De aquellos unidos más,
Secretos por compartir,
En una falsa amistad.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Despertar y dormir


Despertar este eterno letargo,
Infinito  de escarchas y olvido.
Despertar la mañana,
El crepúsculo.
Acariciar el alba
Y dormir libre y desnudo.

Arrancar aquellas hojas
Del árbol caído.
Dar de mis manos a mi amor
El deseo del hombre, el fruto prohibido.
Dar una vida que no se ve,
Ajena y cobarde a mis hijos.

Dormir en otra eterna vida,
Infinita de vida y olvido.
Acurrucar sus pechos.
Morder su espalda
Cuando tenga frío.
Dormir la mañana.
Dormir el crespúsculo.
Acariciar el  alba,
Y despertarnos libres y desnudos.