No me digan ustedes en dónde están mis ojos,
pregunten hacia dónde va mi corazón. Jaime Sabines

miércoles, 23 de julio de 2014

Víbora

Eres tú, esa serpiente
De lengua roja manzana
                               [que
Sobrevive con mi cuerpo
(Y me come tiernamente).
Vomitas toda mi cara,
Escupes todo mi pecho.
Dulce de corazón ardiente
¡Tú me comes y no tragas!
Mi cuerpo se une poco a
Poco, buscándote al
Roto lugar de tu presa.
Soy yo, esa presa mirada
De lengua verde manzana
                                  [que
Sobrevive con tu cuerpo
(Y te quita lentamente el alma).

domingo, 29 de junio de 2014

Érase una mujer

Érase una mujer, reina del Imperio Sueños, que se enamoró de aquel hombre que luchaba en su nombre y honor allá por el sur, entre bosques de pinos y tierra negra. Su cuerpo esbelto, rubio y ojos claros no fue sino para ella la figura del perfecto amor; quiero conocerle, repetía ella. Sin embargo, todas las noches, bajo la luz clara de un pobre corazón, hablaba a solas con la luna: Yo soy la Reina de Sueños, no puedo casarme con un asesino, con un caballero de baja estirpe. Pero esas palabras volaban conforme llegaba el día y la hora de conocer a ese gran hombre que tantas batallas ganó con tan solo su presencia, porque se decía por todo el Reino, que su espada era más grande que su propia estatura, y que la manejaba con tan simpleza y rapidez que dejaba mancos o sin cabeza todo aquel que se entrometiera en su camino.
Y llegó el ansiado día, cuando aquellos ingeniosos ojos claros traspasaron el umbral de su enorme puerta.
-He aquí, mi señora -dijo él- la cabeza del último rey del sur.
La reina suspiraba de placer y excitación, no ya por conocer al hombre de sus sueños, sino al pensar qué podrían hacer esas manos que sujetaban los escasos cabellos largos de la cara velluda y degollada del último rey del sur, no en el campo espeso de la batalla, sino en su cuerpo blanco jazmín entre la delicada seda. Y en un arrebato de locura, gritó desde lo más alto de su brumosa torre, pudiendo casi tocar a escasos metros el sol, éste será vuestro rey, arrodillaos ante a él. Todo el pueblo, sumiso y pobre, hincaba lentamente las rodillas cada vez que la enamorada con su caballero fiel paseaba por todo el reino. Éste es tu reino, amor, haz con él lo que quieras. Y a pesar de sus fieros gemidos que sobrevolaban todas las noches desde su gran balcón de piedra, el pueblo lloraba su desatino. Ella no es feliz, decían, ella tiene miedo. Pasaban los días, las noches de amor, incluso los meses, y en ella crecía el miedo del abandono.
-¿Me vas a dejar de querer?-Ella decía mientras se desnudaba para él todas las noches-¿Me quieres? ¿Cuánto me quieres?
-He luchado por ti-respondía él- Lo sois todo para mí. Mi señora, sois mi Reina.
Sin embargo, ante las palabras fieles de su caballero, ella se convirtió poco a poco en la sombra de su propio Reino. Y mientras que marchaba al norte para luchar, ella se aferraba en sus noches, pensando que él la amaba, que no estaría ahora con otra mujer, que sólo pensaba en ella, que era el rey de Sueños, que era suyo y para nadie más, que sus palabras eran reales, que no mentía. Quería creer en él, y a veces pudo creerle. Pero el pueblo, lentamente, se deshacía entre las enfermedades que consigo traía la guerra; los niños morían de hambre y la gente robaba para sobrevivir. El rey ha muerto, decían, el rey cayó en la batalla. Pero la reina seguía escondida en su alcoba nostálgica de un tiempo mejor. Él me quiere, no dejará de amarme, no está con otra mujer, él piensa en mí. El rey ha muerto, decían, murió prisionero y degollado. La reina caía en su propia desgracia, el reino del norte con sus lanzas y espadas se preparaba para el gran asalto a las grandes puertas del Reino Sueños. Sus catapultas hacían volar cabezas, cayendo algunos en su gran balcón de piedra, y otros, como por capricho del destino, en sus propios hogares. El pueblo, ante este asedio incomprendido y no luchado por la reina, se reivindicaba junto a las puertas de oro de su palacio. Lucha por tu pueblo, decían, muere como una Reina. A pesar de sus esfuerzos, la Reina seguía, ajena a la guerra, pensando en el amor de su caballero. Hasta que, en un intento por un pueblo desesperado por defender la puerta, la esperanza apareció al sur del reino, cuando el Rey de Sueños, esbelto y rubio, dirigía cabalgando su caballo negro un ejército de diez mil hombres. El rey está vivo, decían, viene para salvarnos. La ofensiva paralela del Rey fue mortal para el norte. Todos murieron o cayeron como prisioneros y esclavos, perdonándoles la vida con el fin de que se unieran al Reinado. La Reina despertó de su letargo, al ver, como su Rey entraba victorioso por entre las grandes puertas. Me ha salvado, él me quiere, no me ha abandonado.
Los días renacieron como cuando crece el mundo en la primavera. El jazmín floreció de nuevo en la gran torre del Reino y el dolor poco a poco desaparecía, pero la sombra de ella, fingiendo ser la luz del pueblo, seguía siendo alimentada por oscuros pensamientos de abandono. Viva el Rey, decían, viva el Reino de Sueños. Y otra vez, desde el gran balcón de piedra, los gemidos volaban entre la delicada seda de su blanca alcoba. Ellos se quieren, decían, ella ha vuelto a enamorarse. Hasta que un día, ella huyó, encontrándose al Rey de Sueños desnudo y degollado en su propio lecho, alimentando así su corazón falso y enfermizo del fantasma que un día fuera Reina.
-¿Me quieres ahora?-Dicen que dijo-¿Cuánto me quieres?
-He luchado por ti-Dicen que dijo-Lo sois todo para mí. Mi señora, sois mi Reina.



 

sábado, 24 de mayo de 2014

Para aquellos

Vago es el abrazo anhelo,
Ajeno al brazo y espalda.
Apenas las manos pero
Tocan la cara amarga.

Aquellos de traicionero
Semblante y azul abrazo.
Corazón de carcelero,
Falso amor en su regazo.

Y no más puedo reír
De aquellos unidos más,
Secretos por compartir,
En una falsa amistad.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Despertar y dormir


Despertar este eterno letargo,
Infinito  de escarchas y olvido.
Despertar la mañana,
El crepúsculo.
Acariciar el alba
Y dormir libre y desnudo.

Arrancar aquellas hojas
Del árbol caído.
Dar de mis manos a mi amor
El deseo del hombre, el fruto prohibido.
Dar una vida que no se ve,
Ajena y cobarde a mis hijos.

Dormir en otra eterna vida,
Infinita de vida y olvido.
Acurrucar sus pechos.
Morder su espalda
Cuando tenga frío.
Dormir la mañana.
Dormir el crespúsculo.
Acariciar el  alba,
Y despertarnos libres y desnudos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Es verdad, sin ser cierto

Parece mentira y es verdad,
y sin ser cierto, acertamos y creemos,
en sueños lo vemos y sin cesar
alzamos, corazón, el mismo vuelo.

Parece verdad y no es mentira,
y sin acertar y creer, lo cierto es
que el sueño viene y va, yace cumplida
al mismo corazón, llena de fe.

miércoles, 12 de junio de 2013

Inventemos un juego

Inventemos un juego.
Y no de esos  tramposos y oscuros,
Ni aquellos que para vencer dejamos de respirar
O de reír,
De libres vencedores y derrotados derretidos.
Dejemos los blancos pañuelos,
Dejemos el agua salada y el encubrimiento
Que cubre el escondite de la pena.
Porque aquí se esconde la pena
Y se bebe la amargura de las lágrimas.
 
Por eso, por mí y por ti, yo pienso jugar a un juego.
Que mejor juego que reír y enseñar al mundo tu boca.
A uno de esos de vivir, donde el único premio sean caricias y besos,
Y donde la única derrota sea, riendo, riendo y riendo,
Nuestra muerte burlona y triste al acecho.

jueves, 21 de marzo de 2013

Somos iguales.

Mientras nos besábamos, escuchaba aquellas pequeñas gotas que caían sobre nosotros. Sabía que llovía, pero aquel beso me trasladó a otro mundo, con otras personas, otra tierra y otro cielo. Nunca aprendí el juego que jugaban nuestras lenguas, lo admito, pero desde entonces nunca pude parar de jugar. La gente nos miraba sorprendida; algunas se reían como si viesen a dos perros copular, otras cuyas miradas me traspasaban hasta lo más íntimo de mi ser, capaz de herir el rincón de la culpabilidad y la luz de mi inocencia. ¿Qué sabrán ellos del amor?¿que sabrán ellos de la libertad?
Era temprano aquella tarde pero la tormenta deshizo el nudo del atardecer en una fina cuerda de sombras. Cuando separé mi boca de la suya, sus ojos rasgados me mostraron las curvas del deseo. Nos estamos mojando, le dije. Y sin decir nada, me agarró de la mano y corrimos bajo la lluvia. Reía, y yo también lo hacía aunque no supiera porqué. Quizás por el beso, o quizás por los nervios (cuán traicioneros eran).  Ni tres minutos tardamos para llegar a nuestro pequeño escondite en un pequeño portal. Nos escondimos de la lluvia, o nos escondimos de nosotros mismos. Y fue entonces cuando me di cuenta de la importancia de la lluvia que teníamos sobre nuestras cabezas. La humedad de mi pelo resbaló en mi espalda. Sentí cómo mis pezones se levantaban, renacían de la nada como dos torres. Supe que recobraron aquella vida que esperaba, no sólo por el frío, algo que más tarde tendría mucho más sentido en mi cabeza. Sacó del bolsillo unas llaves y abrió la puerta de golpe. Ven, sube, aquí estaremos mejor, me dijo. Sin dudar, me dispuse a seguir sus pasos como tal perra en celo fuera. El portal tenía unas pequeñas escaleras que llevaban a un gran espejo demostrando con valentía y sin pudor todo lo que se veía. Me sorprendí al observarme morder su oreja, meter mi mano debajo de su pantalón. No tendré problemas con ese cinturón, pensé. Subió las escaleras y desapareció en la oscuridad; mientras que yo subía despacio oliendo su olor impregnado en mi mano. Era algo distinto, un sudor y humedad propia y diferente. Sonreía. Aquello me gustaba.
 ¿A dónde me llevas? Pregunté. Sus ojos se clavaron en mi e inclinó la cabeza hacia delante, hacia aquel pasillo que debíamos seguir; un camino inesperado guiado por el dulce sabor y palpitante incertidumbre, de las sombras, del deseo, del amor y del sexo. Me quedé paralizada al escuchar cómo crujía la cerradura de la puerta. El golpe susurraba en todo el bloque. El sonido se trasladó por mi espalda, mi cuerpo se estremeció con el viento que besaba mi cara al abrir la puerta. Cogió mi mano suavemente. No te preocupes, me dijo, no vamos a hacer nada que no quieras hacer tu. La casa estaba oscura. Nos dirigimos directamente a su cuarto. Dejó la puerta entre abierta, algo que me tranquilizó bastante pero que no duraría mucho. Escondió unos vaqueros que tenía sobre la silla y la acercó hacia la estufa. Aquella persona quedó inmóvil delante de mí. Mirándome. Observando a aquella mujercita inocente dispuesta al amor. Mira si quieres, me dijo. Retumbaron en mi cabeza aquellas palabras como pasos en la niebla. Mi corazón se deshizo a un lado para dar paso a la imaginación, al mordisco del estómago y a la humedad de mi sexo. No me di cuenta de que empezaba a gemir cuando empezó a despojarse de su ropa mojada. Lentamente descubrí el secreto que escondía su cuerpo, de la misma manera que aquella persona descubría mis secretos; a la luz del calor, también observaba mi cuerpo desnudo. ¿Pero que hacía desnuda? Me pregunté mil veces.
Como si buscara el deseo me arrastré hacia sus manos, sintiéndome mujer, amante y deseada. Me arrastró hacia la cama. Túmbate, me dijo. Se sentó al borde para encontrar lo que yo mas anhelaba en ese preciso momento. Sus manos arrastraban la caricia y el gemido, y su lengua llevaba consigo aquella humedad que no necesitaba. Cerré mucho mis piernas apretando su cabeza cada vez más fuerte. Quería que terminase allí. Hazlo, y seré la mujer mas feliz del mundo, susurraba entre dientes. Sabía que tenía que hacer y eso me gustaba. No quería otra cosa que sólo apretar su cabeza, indicándole con mis manos, que agarraban fuertemente su pelo, que siguiera más rápido hasta hacerme correr. Como sigas así…
-¿Te gusta así?
-Me…
Y fue entonces cuando lo noté. La explosión de mi sexo hizo abrir todos los poros de mi piel. Mis piernas, mi cabeza, todo mi cuerpo se estremeció. Temblé y no quería dejar de temblar. Mi vientre se movía por espasmos. Mi boca se abrió completamente para expulsar ese placer. No me di cuenta si gemía o gritaba. Quería hacerlo, necesitaba transmitirle aquella presión que fue capaz de generar en mí, una presión que no desaparecía. Aquí me muerto yo, pensé. Hasta que al fin, el fuego que hizo arder mi sexo de deshizo, sintiéndome por momentos débil, frágil  en aquella cama, tumbada y desnuda. Poco a poco mi cuerpo se compuso de nuevo. Se tumbó a mi lado y  besé sus labios. Se sentía feliz por haber hecho bien su trabajo. Lo notaba en su mirada.
-¿Te ha gustado? Me preguntó.
-Si. Le dije. Sonrojada, besé otra vez sus labios, como si nunca hubiera estado desnuda ante ninguna persona. Si, si, me ha encantado. Abracé todo su cuerpo con fuerza hasta dejarla sin aliento. Apoyé mi cabeza apenas asomándose en sus grandes pechos, para acariciar con mis pocas uñas su pequeño vientre. Sabía que mi mano iría por camino recto. Y mientras mis dedos jugueteaban por su pelvis, sus piernas se abrían, indicándome como yo hice minutos antes, la trayectoria segura que debía recorrer. Y mientras mis dedos, ya húmedos, entraban y salían, ella sonreía. Me besaba. Ella estaba en otro mundo, con otras personas, otra tierra y otro cielo. Y aunque nunca aprendiera el juego que jugaban nuestras lenguas, desde entonces, sólo desde aquel día, nunca pude parar de jugar, ni nunca pude separarme de ella.