sucios y desnudos en la tristeza.
Sus colores no existen, sino pesa
oscuros callejones casi muertos.
Su garganta reza acostumbrada,
recia a noches de besos su luna,
a sus hombres sin precio, sin fortuna
con aquel sexo salado que besaban.
De falsos besos que Palermo dió
aún hoy se muestra el mar dolorida,
nostálgica de sus piernas el amor.
¡Ay! ¡Palermo como eres, mujercilla!
¡Linda mujer de ruidos y esplendor
que juega a ser mayor en cada esquina!
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